La historia de la tecnología está plagada de pánicos por el copyright.  En los años ochenta, los grandes titulares de derechos corrieron al Congreso y a los tribunales a decir que las videograbadoras (VTR) eran "para el productor de cine estadounidense y para el público estadounidense lo que el estrangulador de Boston es para la mujer que está sola en casa". Entonces la Corte Suprema se negó a comprar la exageración y señaló que la videograbadora era capaz de todo tipo de usos no infractores, como diferir la hora de visionado, y les advirtió a los tribunales que evitaran reescribir la ley de copyright cada vez que aparece una tecnología nueva. Creemos que hoy los tribunales deberían desconfiar de la misma forma del alboroto que rodea a la IA.

La hipérbole de Hollywood le hizo eco a la del compositor John Philip Sousa, quien en 1906 afirmó que la pianola y el gramófono acabarían con la composición musical; o a la de los retratistas que temían que la cámara reemplazara al pincel. Nada de eso ocurrió. Las cámaras, por ejemplo, provocaron un resurgimiento del retrato y, al permitir que más gente creara imágenes, dieron lugar a desarrollos inesperados, como el auge del fotoperiodismo.

Los nuevos mercados, las nuevas ideas y los nuevos creadores son precisamente lo que el copyright debería promover, no restringir. Usar el copyright para blindar a los guardianes de siempre y las ganancias de los grandes titulares de derechos no le sirve ni al público ni a los artistas individuales.

La IA generativa desató la última ola de ansiedad y, con ella, una enorme ola de litigios. En múltiples casos en Estados Unidos y en el mundo, los titulares de derechos les están pidiendo a los tribunales exactamente lo que la Corte Suprema advirtió que no hicieran: ampliar drásticamente las protecciones del copyright con base, en buena parte, en la hipérbole y la especulación. Deberían negarse.

Los dueños del copyright sostienen que, a menos que los tribunales abandonen principios que tienen 300 años —y les den a los titulares de derechos el poder de controlar obras no infractoras creadas por otros—, una imaginaria avalancha de obras generadas por IA arrasará con los mercados creativos. Según esta teoría de la "dilución del mercado", construir herramientas de IA generativa no puede ser uso legítimo (fair use) porque esas herramientas podrían fomentar la proliferación de obras que compitan con las suyas.

Como la EFF les ha explicado a los tribunales en varios escritos de amicus curiae en Concord Music Group, Inc. v. Anthropic PBCIn re Mosaic LLM Litigation, no es así como funciona el copyright. De hecho, aceptar esta teoría socavaría el propósito constitucional del copyright: promover la creación de obras expresivas en beneficio del público. Como la ley de copyright está diseñada para animar a otros a construir libremente sobre las obras existentes, castiga la infracción, no la competencia. La teoría de la "dilución del mercado" destriparía no solo la doctrina del uso legítimo, sino también otros límites del copyright que existen justamente para impedir que los titulares de derechos supriman injustamente la competencia reclamando la propiedad amplia de tropos, géneros, estilos y demás. Dicho de otro modo, las editoriales tendrían un poder de veto sin control sobre cualquier expresión que pudiera llegar a competir con una obra de su propiedad.

¿El resultado? El arte no se crea, las ideas no se expresan y todos salimos perdiendo. El copyright no debería ser una herramienta para silenciar a los futuros competidores creativos, usen o no IA en su trabajo.

Y las partes demandantes en estos casos se equivocan al menos en otras dos cosas. Primero, la investigación muestra que es poco probable que los grandes modelos de IA generativa produzcan obras infractoras, porque mientras más datos se usan para entrenar un modelo, menos pesa cada ejemplo individual de entrenamiento en cualquier resultado concreto.

Segundo, las herramientas de IA no necesariamente desplazan la creatividad humana. Por mencionar apenas algunos ejemplos:

  • La artista bostoniana Nettrice Gaskins usa IA para crear arte afrofuturista, incluido un retrato de Octavia Butler expuesto en el aeropuerto de San Francisco.
  • Los artistas indios Prateek Arora y Varun Gupta usan IA generativa para reimaginar la ciencia ficción occidental.
  • El artista de Filadelfia Alex Smith usa IA generativa para reimaginar el afrofuturismo con superhéroes negros, queer y de talla grande.
  • Ana Miljački, profesora de arquitectura en el MIT, usó IA generativa para crear un "documental no lineal" sobre los memoriales yugoslavos de la Segunda Guerra Mundial y los valores que encarnaban.
  • Un proyecto de investigación-creación usó arte visual generado con IA para amplificar las voces de las activistas del movimiento iraní Mujer, Vida, Libertad y, a la vez, evaluar el papel de la IA en la incidencia sociopolítica a través del arte.
  • La empresa de IA Bronze trabaja con músicos como Disclosure y Jai Paul para crear canciones que nunca suenan igual dos veces, lo que desafía la idea que el público tiene de lo que la música puede ser.

No les corresponde a los tribunales decir que estas personas no son artistas o que la IA no puede potenciar la creatividad humana de forma positiva.

Ante semejante abanico de experimentación, los tribunales deberían resistirse a decidir de antemano qué herramientas fomentan y cuáles no la "creatividad humana". Igual que la videograbadora, los grandes modelos de lenguaje son herramientas de propósito general que las personas usan para hacer una enorme variedad de cosas que van mucho más allá de generar letras de canciones. Los efectos de esta innovación tecnológica en particular serán sin duda profundos, disruptivos y potencialmente dañinos para algunos, pero distorsionar la ley de copyright no es la manera de enfrentar esos daños.